«El dia en que me vesti de notario» por Fernando Fernández Román

Cuando te regalan el tiempo, cuando te lo tiran al suelo para administrarlo en rebatiña, que es algo así como la apoteosis de la avaricia (en los bautizos de antaño los chiquillos nos dejábamos las uñas entre la tierra, en busca de las monedas y caramelos que arrojaba el padrino con pomposa generosidad), suele ocurrir que no sabes bien qué hacer con él, con el tiempo que tienes. El tiempo que tan caro se vende –se vendía, hasta hace un par de meses–, cuando lo recibes de balde se deprecia una barbaridad. O se desprecia, que es aún barbaridad mayor. La frase “el tiempo es oro”, de la que hacemos perpetua observancia como si fuera un dogma de fe, ha pasado a la historia. Al menos, de momento. Aunque parezca una “boutade”, el tiempo gratis es difícil de valorar y menos aun de administrar. Temporizar el tiempo parece cosa de locos. Por tanto, esta regalía de permanente temporalidad nos impulsa a hacer cosas aparentemente banales como ordenar papeles y cachivaches o usar la informática a tenazón, que es la fórmula más eficaz que ha encontrado la vagancia para “matar el tiempo”.

Entre las innumerables llamadas telefónicas que hago y recibo a diario, me congratula especialmente la de un buen amigo. Podría decir que es un taurino y un torero, pero me quedo solo con lo último: un torero. Los toreros son vitalicios, los taurinos, ocasionales.

Se llama Santiago López, torero nacido en Alhama de Granada, nombre de claro acento andalusí –recuerda más a cimitarra que a estoque–, es tenido por valenciano porque Valencia lo prohijó en sus primeros años de novillero y durante toda su carrera de matador de toros. Debo confesar que le vi una sola vez en acción frente al toro, en Valladolid, actuando con Paco Bautista (si no marro) y Roberto Domínguez, en tarde de escasa fortuna. En cambio, a través de la televisión, recuerdo muy bien  cómo partía por la mitad la esbeltez de su figura para echarse de rodillas y dar varias largas cambiadas con el capote, como carta liminar de presentación ante el cónclave y ante el toro. No tengo, pues, datos objetivos suficientes para valorar su calidad artística o su capacidad lidiadora, pero sí de su competencia como apoderado de grandes figuras del toreo – entre ellas, José Tomás—  y, sobre todo, puedo dar fe de sus calidades y capacidades como persona de una cabalidad fuera de lo común.  Es uno de los mejores individuos que he tenido la suerte de conocer en este avispero que es el mundo de los toros. Para dejarlo claro: un amigo, palabra por demás altamente comprometida.

Pues bien, ayer mismo he recibido su llamada para… lo mismo que se reciben o envían la mayoría de las llamadas en estos días: para ver cómo lleva la gente querida esta encerrona, dicho sea en su doble acepción de aislamiento y añagaza; pero un vez obtenida la confirmación del estado saludable de nuestras respectivas familias, me refresca la memoria con un hecho, acaecido hace cerca de quince años en Lima, la capital de Perú, donde a la sazón me encontraba, entre otras razones, para asistir a los actos conmemorativos del 60 aniversario de su famosa feria del Señor de los  Milagros, festejos taurinos incluidos. Y en efecto, Santiago me recuerda una curiosa situación, al término de uno de esos festejos (creo recordar que un festival), teniendo por escenario el bar del Hotel Sonesta del Olivar, donde estábamos hospedados.

Me pone sobre la pista y se me hace la luz. En efecto, estaba Santiago López charlando conmigo acerca de las virtudes de un chavalito de Gerena llamado Daniel Luque, al que apoderaba entonces siendo un novillero incipiente, cuando se nos acerca a la mesa del bar del  vestíbulo –allá le llaman lobby—uno de los empresarios de Acho acompañado por un niño que levantaba poco más de  un metro del suelo, con su flequillo ralo echado por la frente y un desparpajo fuera de lo común.

Mira, éste quiere ser torero, le dijo el empresario a Santiago.

–¿Tú, criatura?—respondió Santiago López, entre sorprendido y divertido—Pues, nada, si quieres, yo te apodero…

Pues hágame ahora mismo un contrato –replicó el aquél chinorri, acaparando el cogollo de la reunión.

Eso está hecho –sentenció  Santiago.

Entonces fue cuando decidí entrar en escena, para dar carta de naturaleza “legal” a lo que allí se estaba gestando:

Esto hay que formalizarlo. Me visto de notario ahora mismo y firmo la primera hoja de la Carta de Contrato que se redacte al respecto.

Así se hizo, sobre una hoja de papel con membrete del establecimiento hotelero, y con la promesa de que el referido Contrato se formalizaría en breve. Ahí quedó la cosa y no volví a saber nada más de aquél niño que aún no había cumplido ocho años y hablaba con una seguridad y un desparpajo que nos dejó anonadados. Al menos a Santiago y a mí. No tanto a su acompañante, acostumbrado como estaba a convivir con aquél mocoso, que parecía tener muy claras sus privilegiadas aptitudes para el arte del toreo y, por tanto, su deslumbrante provenir.

El acompañante del niño es quien se ha encontrado el papelito en cuestión entre la patulea que almacena en su casa, tratando de ordenar sus cosas en los espacios que en estos días le brinda la ocasión de “matar el tiempo”, el que le sobra en estos momentos. Se llama Juan Manuel Roca Rey, y el pequeño protagonista de esta curiosa historia, pura anécdota, se llama Andrés, su sobrino. Andrés Roca Rey, naturalmente.

Sin ánimo de hacer comparaciones, algo similar debió ocurrir con Lionel Messi, a quien alguien le firmó su compromiso de jugar en el F.C, Barcelona sobre la servilleta de un bar. Una diferencia es que ese “documento” sirvió para fichar a uno de los mejores jugadores de que jamás se vieran en un campo de fútbol, y otra que con Messi no hubo “notario” que diera fe del compromiso. Un notario de pega, naturalmente, gracias a mi temeraria impostura. ¡Pero qué bonito es rescatarlo ahora!

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