Una tarde para olvidar cuanto antes, primero por la mansada que echó hoy la ganadería de José Luis Pereda, que volvió hacer aguas en Las Ventas, pero también por el tremendo frío que hizo y lo mucho que se alargó una tarde anodina en lo artístico y en la que llegaron a sonar hasta siete avisos.

Y eso que de antemano había cierto interés, sobre todo por volver a ver a Juan Carlos Carballo, que venía con la intención de saldar una cuenta pendiente con Madrid, la plaza donde el 26 de junio de 2016 un novillo de Vistalegre le fracturó la tibia y el peroné.

El recuerdo de aquel chasquido de los huesos resquebrajados y la estampa de su pierna convertida en un auténtico colgajo todavía eriza la piel, y qué decir los gritos de dolor del torero totalmente desmadejado sobre la arena, consciente también de que esa lesión le iba a cortar las alas a tan buena proyección que apuntaba.

Y así fue. Pues aquel contratiempo le frenó en seco. Dos años le costó volver al circuito, y tres en total para volver a pisar el albero donde empezó a darse a conocer y donde tuvo que poner un largo paréntesis en su prometedora carrera.

El novillo de su regreso a Madrid no le puso las cosas nada fáciles. Un animal muy protestón debido a sus nulas fuerzas. Quería pero no podía el de Pereda, y precisamente por eso tendía a pegar tornillazos a lo largo de sus cada vez más cortos viajes. Carballo estuvo solvente, pero sin poder lucir dadas las circunstancias.

El cuarto tampoco ayudó. Un novillo anárquico, sin fijeza, muy a su aire y con la mansedumbre también por bandera. Como toda la novillada. Pero en este caso la falta de casta fue todavía más flagrante, primero por esa manera de arrear más que embestir, y segundo por esa tendencia tan descarada a la huida, rajado casi desde el primer muletazo.

El que no volvió grupas fue Carballo, que no dejó de perseverar por tratar de sujetarlo entre las rayas, aunque al final no sacara más que un par de tarascadas de las que salió indemne de milagro.

Jesús Díez, que volvía también a Madrid después de la buena imagen dejada el año pasado con los «saltillos», anduvo por encima de su primero, novillo totalmente descastado y muy agarrado al piso, al que robó pases a base de insistir a lo largo de un trasteo excesivamente largo, y en el que llegó a recibir hasta dos recados presidenciales.

Firme se mostró nuevamente con el quinto, otro novillo remiso y sin fuelle, al que el extremeño, muy seguro y sereno toda la tarde, le sacó los pocos muletazos que tenía el animal a base de ponerse en el sitio y no aburrirse a lo largo otro digno trasteo, aunque, igual que en el turno anterior, con la espada necesite mejorar.

Decir que Adrien Salenc está ya muy hecho es redundar en una obviedad. Y que se las sabe todas, también. Se le ve a la legua por la manera de estar y desenvolverse en el ruedo, y de buscar siempre el recurso adecuado para conectar con la gente. Pero una cosa es saber «vender» y otra es el producto que se oferte.

En su primero, mansito pero muy manejable, anduvo entre notables desigualdades. Gustaron los doblones por bajo en el inicio y algún muletazo aislado de buena ejecución, pero faltó conjuntarlos, redondear las tandas, entenderse más y mejor con su oponente sobre todo al natural, por donde todo salió muy deslavazado, y saber también cortar a tiempo.

Así y todo, hubiera cortado una oreja de haber enterrado la espada a la primera, pues entre la puesta en escena y la voltereta que sufrió al quedare encunado en ese primer encuentro con la tizona, a buen seguro hubiese despertado la petición en el tendido.

El sexto fue una borrica con cuernos, y con él Salenc no pasó de discreto.

FICHA DEL FESTEJO

Novillos de José Luis Pereda, serios, cuajados y descastados en conjunto. El único que sirvió, el tercero.

  • Juan Carlos Carballo, de blanco, oro y remates negros: metisaca, estocada que hace guardia, dos pinchazos y otros tantos descabellos (silencio tras aviso); y pinchazo, casi entera atravesada y cuatro descabellos (silencio tras aviso).
  • Jesús Díez «El Chorlo», de rosa y azabache: pinchazo, estocada tendida y atravesada, y cuatro descabellos (silencio tras dos avisos); y pinchazo y bajonazo (silencio tras aviso).
  • Adrien Salenc, de carmín y oro: pinchazo, estocada muy trasera y cuatro descabellos (ovación tras dos avisos); y cinco pinchazos (silencio).

La plaza registró menos de un cuarto de entrada (5.486 espectadores, según la empresa) en tarde gris y muy fría.

CRÓNICA AGENCIA EFE /-/ FOTO  Víctor Luengo

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