Una novillada de lo más engañosa de La Quinta inauguró hoy le semana «gris» de la Feria de San Isidro, en la que, además de este encierro «santacolomeño» se lidiarán también los «albaserradas» de José Escolar, Victorino y Adolfo Martín.

No fue fácil el envío de Álvaro Martín Conradi. Ni agradecido con los de luces, que pasaron prácticamente desapercibidos ante la movilidad sin entrega de los utreros, que, unos más que otros, se desplazaron en el último tercio con cierta transmisión, lo que hizo que el público de Madrid tomara partido por ellos, hoy de manera injustificada. Pero es que cuando se lidia una «torista»…

El único que medio se impuso a la adversidad fue Francisco de Manuel, que meció de maravilla a la verónica a su primero, un novillo que colocó muy bien la cara en el primer tercio, aunque a la salida del caballo evidenciara que de fuerzas iba justito.

Otro quite sensacional por verónicas parecía corroborar la calidad del utrero, que, sin embargo, desarrolló en la muleta lo que se conoce como peligro sordo, ese que parece no trascender.

La virtud de la movilidad la escondía con esa tendencia a «acostarse» y revolverse también en sus cada vez más cortas y aviesas acometidas. El madrileño estuvo muy sincero y sin aliviarse, aunque eso conllevara que sufriera un par de sustos en forma de sendas coladas principalmente por el derecho.

En el que cerró plaza volvió a mostrar su buen capote De Manuel, que, además, lució oficio para robarle algún pase estimable en redondo a un astado que se movió con el freno echado.

Ángel Jiménez dejó pinceladas sueltas ante un primero sin raza ni fuerzas, el típico animal que se movía al paso, dormidito, y sin decir gran cosa. Como la propia faena del sevillano, que, aun salpicada de alguno aislado de cierta suavidad y expresión, no calentó en ningún momento.

En el cuarto hizo acto de presencia otro de los enemigos de los toreros, el viento, que, sumado a la poca clase y entrega de un manso que buscaba rajarse a toda costa, hizo que nuevamente la labor de Jiménez no fuera a ningún lado por mucho que insistiera.

Lo del Galo como su primero fue lo que se dice un matrimonio mal avenido. El novillo tenía cosas buenas como la prontitud, la alegría en las arrancadas y la transmisión; pero otras no tanto, pues no se empleó ni en el caballo ni en las telas, yendo de acá para allá y pegando oleadas hacia los adentros. Y sino que se lo pregunten a Lipi el trago que pasó en banderillas.

Pero el franco-mexicano tampoco acertó a dar estructura adecuada a su labor. Quiso exhibirlo de largo para luego no poder ligarle ni uno en condiciones. Era complicado, sí, pero esa puesta en escena no le ayudó lo más mínimo, todo lo contrario, lo que propició fue que la gente tomara partido por el animal, que fue ovacionado en el arrastre.

Con el quinto fue aún peor la cosa con un novillo más fiero con el que El Galo no se acopló. Después de pasar más fatigas que un alérgico en un pinar en el tercio de banderillas, el joven André amontonó pases y más pases, a cada cual más destemplado y desajustado, ante un animal que acabó haciéndose amo y señor de la situación.

Ficha del festejo

Novillos de La Quinta, bien presentados, muy en el tipo del encaste «Santa Coloma» y, salvo el desrazado y mortecino primero, y el manso y acobardado cuarto, en general, con movilidad y cierta transmisión, virtudes engañosas a tenor de lo poco se emplearon de verdad. Segundo, tercero, quinto y sexto, aplaudidos en el arrastre.

Ángel Jiménez, de carmín y oro: estocada baja (silencio); dos pinchazos, y media tendida y atravesada (silencio).

André Lagravere «El Galo», de rosa palo y plata: estocada que escupe y nueva estocada desprendida (silencio); estocada tendida (silencio).

Francisco de Manuel, de grana y oro: pinchazo y estocada (ovación); estocada (ovación).

En cuadrillas, Iván García saludó tras clavar dos magníficos pares al tercero.

La plaza registró algo más de media entrada (16.873 espectadores según la empresa) en tarde espléndida.

AGENCIA EFE

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