Juan Belmonte, sesenta años de la muerte de un mito

Juan Belmonte aún tuvo tiempo de escuchar misa antes de emprender el viaje a su finca utrerana.

El diestro Juan Belmonte se quitó la vida el 8 de abril de 1962, este viernes hace 60 años, en su cortijo utrerano de ‘Gómez Cardeña’ después de repasar el ganado por última vez y encerrarse en su despacho para dispararse con una pequeña pistola que conservaba desde su juventud.

Era Domingo de Pasión y Sevilla andaba inmersa en los preparativos de la Semana Santa, a sólo siete días del Domingo de Ramos, aunque el torero, próximo a cumplir los setenta años y ajeno a toda esa parafernalia, se había encaminado por la mañana al incipiente barrio de Los Remedios para visitar a Enriqueta, el último amor de su vida.

Llevaba consigo un sobre con dinero, una caja con varios objetos personales –unos curiosos portacalcetines, un bolígrafo de oro y una pitillera – y algunas fotos dedicadas. Toda Sevilla conocía aquel amor crepuscular del viejo matador que vivía, en la práctica, separado de su mujer, Julia Cossío.

Enriqueta Pérez Lora había llegado a la vida de Belmonte tras un matrimonio desgraciado y, ayudada por las monjas adoratrices, había recalado en el servicio de Gómez Cardeña en 1942 con sólo 22 años. Allí la conoció el diestro y no tardarían en comenzar una relación que no siempre fue continua pero sí larga en el tiempo: aquel Domingo de Pasión ya había cumplido 42 años.

Juan Belmonte aún tuvo tiempo de escuchar misa antes de emprender el viaje a su finca utrerana. Almorzó en solitario y volvió a salir al campo a repasar el ganado antes de poner en marcha el grupo electrógeno que daba luz al cortijo. Se encerró en su despacho, prácticamente entre dos luces. No tardaría en oírse una sorda detonación.

“Que no se culpe a nadie de mi muerte”, rezaba un papelito junto al cadáver, que aferraba el arma. Belmonte se había disparado en la cabeza bajo el cuadro que le había pintado Ignacio Zuloaga vestido de grana y azabache. Asunción, su fiel ama de llaves, fue la que encontró su cuerpo.

“Sólo te faltaría morir en la plaza”, le había espetado en sus comienzos Ramón del Valle Inclán, a la cabeza de ese grupo de intelectuales del 98, enamorados de la leyenda del quincallero de Triana que se había curtido en el oficio echando la capa a las reses encerradas en la dehesa de Tablada.

A esas alturas, poco quedaba de aquel anarquista de la Cava, convertido en propietario y en un personaje más del rico universo humano de la Sevilla de mitad del siglo XX.

La noticia empezó a correr como la pólvora y muy pronto, a pesar del silencio oficial, se supo que en su muerte no había causas naturales. El cardenal Pedro Segura llegó a exigir a la familia del diestro una declaración jurada de muerte natural para poder enterrarlo en la tierra sagrada que estaba vedada a los suicidas por la iglesia preconciliar.

La finca pronto se llenó de amigos y curiosos. A Belmonte le amortajaron con una túnica de la Hermanad del Cachorro después de llevárselo a Sevilla. Lo enterraron el martes. La comitiva fúnebre se detuvo delante de la Maestranza.

Luego quisieron llevar el cadáver a la Cava de Triana donde se había criado el torero. Llegaron a cruzar el puente, pero se convenció a los entusiastas de que no era conveniente seguir dando tantas vueltas y se rezó un responso en la Capillita del Carmen antes de ser enterrado en el cementerio de San Fernando.

Una figura inconfundible del paisaje humano de Sevilla acababa de entrar en la historia: se agigantaba su leyenda y nacía ese mito que ya había cimentado el prestigioso periodista Manuel Chaves Nogales en su ‘Juan Belmonte, matador de toros’, que trazaba la biografía novelada sin saber que aquel final de libro se le había quedado por escribir.

Medio siglo antes, la muerte ya se había llevado la vida de Joselito en el ruedo de Talavera en plena juventud y en la cúspide de ese trono absoluto sobre la fiesta que tuvo su contrapunto en la genial irregularidad de Belmonte. Pero la muerte había respetado al trianero a pesar de las innumerables cogidas que sufrió a lo largo de su carrera.

Pero, ¿por qué se quitó la vida Juan Belmonte? César Jalón, el imprescindible crítico taurino que firmaba sus crónicas como Clarito, apunta en sus memorias algunas hipótesis realistas: “la angustiosa enfermedad de Julio Camba y del marqués de Villabrágima le parecía inhumana: ¡Eso se debía de cortar! ¡Eso se… se… corta! Y él vivía preocupado por un amago de parálisis facial”.

Clarito también alude a la especial personalidad del grandioso matador, “hermético, de constante introversión, fue siempre en medio de su familia y de su mundo un solitario”, sin que se pueda saber a ciencia cierta que podría estar rumiando en su universo interior. Son muchas dudas y una sola certeza: Belmonte se quitó la vida voluntariamente sólo una semana antes de cumplir 70 años.

Álvaro Rodríguez del Moral (AGENCIA EFE)