Fallece en Sevilla el torero Manolo Cortes

Antonio Ordoñez le dio la alternativa en las fallas de 1968

El matador de toros sevillano Manolo Cortés ha fallecido este sábado en el hospital de San Juan de Bormujo, Sevilla, víctima de una dura enfermedad. Nacido en Gines el 11 de junio de 1949, contaba con 67 años de edad.

Manolo Cortés (1949-2017)

Matador de toros español, nacido en Ginés (Sevilla) el 11 de junio de 1949. Torero de estirpe gitana, dotado del pellizco y el duende que suelen adornar a los espadas de su raza, constituye, al mismo tiempo, un paradójico y aleccionador ejemplo del magnífico rendimiento que la gracia y el arte pueden ofrecer en la lidia del ganado más bronco y áspero. Y es que, en efecto, «Manolo Cortés» no se ha dejado arrastrar por la indolencia y el desánimo -cuando no, directamente, el miedo- que invaden a otros toreros artistas a la hora de enfrentarse con las reses de mayor casta y bravura, y ha demostrado que no son en modo algunos incompatibles -salvo para quienes no andan sobrados de redaños- la composición plástica de la figura y el valor necesario para ponerse ante la cara del toro-toro. Prueba de esta concepción ecléctica del toreo es su inclusión en numerosos carteles de las denominadas «corridas duras», así como su condición de tentador de reses en la legendaria ganadería de Miura.

Nacido en el seno de una familia muy humilde, eligió -como tantos otros muchachos de su entorno- la senda del toreo para intentar salir de esa pobreza a la que parecía condenado de por vida. Así, alentado por una precoz afición, contó con el apoyo y la amistad de algunas figuras señeras de los circuitos taurinos profesionales (como el propio Eduardo Miura, quien le abrió desde joven las puertas de su finca) y dio inicio a una áspera andadura novilleril que, en un principio, sólo le permitió intervenir en la parte seria de un espectáculo cómico-taurino. A pesar de la modestia de estas funciones, el jovencísimo Manolo Cortés gustó por sus actuaciones vestido de corto, por lo que pronto le llegaron ofertas para enfundarse el terno de alamares. Así las cosas, el día 8 de septiembre de 1965 lució su primer traje de luces en la pequeña plaza de Santisteban del Puerto (Jaén), donde, en compañía del novillero Antonio Millán («Carnicerito de Úbeda»), se enfrentó con reses procedentes de la vacada de Fuentelespino.

Al año siguiente (concretamente, el día 10 de septiembre de 1966), consiguió debutar en una novillada asistida por el concurso de los varilargueros, verificada en el coso onubense de Cortegana con novillos criados en las dehesas de Ana Peña. Dio inicio, así, a un brillante período de actuaciones en novilladas picadas que, durante la campaña de 1967, le permitió realizar veinticinco paseíllos. Ya era, por aquel entonces, uno de los novilleros punteros, aunque todavía no se había presentado en Madrid; y, sin llegar a comparecer en la plaza Monumental de Las Ventas, el día 14 de marzo de 1968, en las arenas del coliseo valenciano, cruzó el redondel dispuesto a recibir la alternativa de manos de su padrino, el genial coletudo rondeño Antonio Ordóñez Araujo; el cual, bajo la atenta mirada del valeroso lidiador sevillano Diego Puerta Diánez, que hacía las veces de testigo, cedió al toricantano los trastos con los que había de muletear y estoquear a un burel marcado con el hierro de don Carlos Urquijo, que atendía a la voz de Reventador. Anduvo fino y aseado Manolo Cortés en la lidia del toro de su doctorado, aunque, al fallar a espadas, quedó privado de trofeos; sin embargo, encandiló a la afición valenciana con la faena que enjaretó a su segundo oponente, al que cortó una oreja después de haberlo matado con acierto.

Alentado por este buen comienzo en su carrera como matador de toros, unos meses más tarde, en pleno ciclo isidril, el diestro sevillano compareció, por fin, ante la primera afición del mundo, dispuesto a confirmar la validez de su doctorado en Tauromaquia. Venía, a la sazón, apadrinado por el citado Antonio Ordóñez, quien le facultó para dar lidia y muerte a estoque a Andador, un toro negro zaíno, de quinientos cuarenta y ocho kilos de peso, que había pastado en las dehesas de Murube. Corría, a la sazón, el día 14 de mayo de 1968, fecha en la que hizo también el paseíllo, en calidad de testigo, el coletudo murciano Miguel Mateo Salcedo («Miguelín»). El mal juego brindado por las reses que se corrieron aquella tarde no permitió el lucimiento del espada de Ginés, lo que no fue obstáculo para que Manolo Cortés recibiera, a lo largo de aquella su primera temporada como matador de toros, cuarenta y cuatro ofertas para vestirse de luces. En su segunda intervención en la Feria de San Isidro de aquel año, lidió primorosamente al toro Inglés, adornado con la señal de don Antonio Pérez de San Fernando.

Sus primeros triunfos clamorosos en una plaza importante tuvieron lugar al año siguiente en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, donde, tras sus actuaciones verificadas los días 15 y 16 de abril, llenó su esportón con cinco apéndices auriculares, para convertirse en el triunfador del ciclo ferial de aquel año de 1969. Fruto de estos triunfos, llovieron los contratos en el despacho de su apoderado, y el diestro gitano puso fin a dicha campaña después de haber realizado cincuenta paseíllos.

Cuarenta y un ajuste cumplió durante la siguiente temporada, a pesar de la grave cornada que le asestó un morlaco en Pamplona, el día 7 de julio de 1970. Situado, a partir de entonces, en los puestos intermedios del escalafón de los matadores de reses bravas, comenzó a encasillarse en la peligrosa categoría de los toreros irregulares, tan frecuentada por los espadas que, como él, practican un toreo de inspiración artística y concepción fundamentalmente estética. Pero, como ya se ha indicado más arriba, su sabia aplicación del embrujo gitano a los cornúpetas procedentes de las vacadas más serias le salvó de caer en los profundos baches que jalonan penosamente las trayectorias de otros «toreros artistas». Así, después de haber descendido de forma alarmante hasta las quince corridas lidiadas en 1971, en la campaña de 1972 volvió a resurgir con fuerza merced a un memorable éxito cosechado de nuevo en el albero sevillano, donde, el día 17 de abril, desorejó a un astado perteneciente a la ganadería de don Samuel Flores. A la conclusión de aquel ciclo ferial, los jurados de casi todos los certámenes estimaron que la mejor faena de la Feria de Abril había sido la realizada por Manolo Cortés, reconocimiento que le valió para firmar cincuenta y un ajustes a lo largo de aquella temporada.

En medio de los habituales altibajos que van pautando las trayectorias de los toreros de su estirpe, en 1973 se vistió de luces en treinta y tres ocasiones, para pasar a intervenir en veinticinco funciones de toros durante la campaña de 1974, cifra que repitió en la temporada siguiente. Inmerso, de nuevo, en un alarmante declive, volvió a echar mano de su valor y sus conocimientos técnicos para enjaretar, en 1978, en la plaza de toros de Valencia, una de las faenas más grandiosas de la década, realizada nada menos que frente a un cornúpeta marcado con el terrorífico hierro de Miura. Aquel año toreó en Madrid la corrida extraordinaria de la Prensa, en la que no se anunciaba desde 1968, y a la que volvió en 1981 y 1982. Y dictó de nuevo una lección magistral de torería en la Monumental de Las Ventas en septiembre de 1984, lo que le valió su inclusión en uno de los primeros carteles madrileños de la temporada siguiente. Supo aprovechar el diestro de Ginés esta nueva ocasión de encandilar a la exigente afición capitalina, que ovacionó con fuerza la faena enjaretada por Manolo Cortés a un burel de Francisco Peña Campos el día 31 de marzo de 1985, y recibió con nuevas muestras de respeto y admiración al torero sevillano durante el abono isidril de aquel mismo año. Pero otro desfallecimiento en su carrera volvió a situarle en los puestos más bajos del escalafón en 1986, año en el que sólo se enfundó la taleguilla en tres ocasiones. A pesar de este evidente declive, el torero gitano siguió en activo durante el resto de los años ochenta y en los primeros compases de la década siguiente, pero sin lograr renovar algunos de sus clamorosos triunfos de antaño.

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