Oliva Soto ha dejado en la tarde de este domingo, 25 de octubre en Montoro, la impronta inconfundible de su tauromaquia: esa que se cimenta en la pureza, el pellizco y la verdad.
El espada camero cortó una oreja de peso tras cuajar una faena de compás y temple al primero de su lote, sellando posteriormente una lección de oficio y madurez frente al exigente cuarto. Una tarde de firmeza y poso que volvió a poner de manifiesto la categoría artística y la jerarquía de un torero de dinastía.
El compás del capote de Oliva Soto prendió de inmediato en la tarde montoreña. Recogió al primero de su lote con esa torería inconfundible, impregnada de un concepto personalísimo donde el clasicismo y el duende se dan la mano.
Con la muleta encendida en verdad, labró una obra de jerarquía por ambos pitones. Hubo derechazos de trazo largo y naturales de un temple exquisito, cosiendo las embestidas con pureza en donde conquistó los tendidos desde el primer muletazo. Metido de lleno con su esencia, cuajó una faena de compás, ritmo y alma, rubricada con una estocada que desató la fuerza del triunfo y le premió con una oreja de peso.
Frente al segundo de su lote, Oliva Soto se midió a una papeleta de altísima exigencia que resolvió con una lección de oficio, poderío y saber estar. Fue construyendo una obra de menos a más, imponiendo su criterio y extrayendo muletazos de trazo y firmeza, metiendo a un toro difícil.
Llegados a la suerte suprema, el astado desarrolló una manifiesta violencia, tornando muy compleja la ejecución del embroque. A pesar de tener ganado un trofeo a fuerza de ley, la tarde de Oliva Soto en Montoro dejó el poso inconfundible de solidez y capacidad técnica.
FOTO: Eugenia Godoy