Durante décadas, Sevilla no fue simplemente una plaza de toros. Fue el termómetro de la tauromaquia. Lo que ocurría en la Real Maestranza marcaba el camino del resto de las plazas. Allí no bastaba con cortar una oreja; había que ganársela. No bastaba con emocionar; había que convencer. No bastaba con llamarse figura; había que demostrarlo delante de un toro con la seriedad y el trapío que correspondían a la categoría del escenario.
Precisamente por eso, preocupa profundamente la deriva que parece haberse instalado en determinados festejos de los últimos años. No se trata de una discusión puntual sobre una oreja concreta o sobre una presidencia determinada. Lo que está en juego es algo mucho más grave: la pérdida progresiva de la autoridad moral que convirtió a Sevilla en la plaza más respetada del mundo taurino.
La grandeza de la Maestranza aparte de su belleza y arquitectura, siendo la más bonita del mundo pero aparte de su historia. Su verdadera grandeza residía en la exigencia. Sevilla era la plaza donde el triunfo debía ser indiscutible. Donde el público sabía distinguir entre una faena importante y una obra cumbre. Donde los presidentes estaban obligados a ejercer su responsabilidad sin dejarse arrastrar por la emoción del momento.
Sin embargo, cada vez son más los aficionados que tienen la sensación de que ese nivel de exigencia se está rebajando peligrosamente.
Cuando una plaza concede trofeos que generan una profunda división entre los aficionados, algo falla. Cuando las orejas se convierten en moneda de cambio para alimentar titulares o satisfacer corrientes de opinión, dejan de tener valor. Y cuando el valor de los trofeos disminuye, también disminuye el valor de los triunfos.
La consecuencia es evidente: las grandes faenas dejan de distinguirse de las simplemente correctas. Todo se iguala por abajo.
Especialmente preocupante resulta el papel de algunas presidencias recientes. La presidencia de Sevilla debería ser la última línea de defensa de la seriedad taurina. Su función no es agradar al público, ni satisfacer a las figuras, ni seguir la corriente mediática del momento. Su función es aplicar el reglamento con independencia y criterio.
Cuando la autoridad presidencial parece actuar más pendiente del ambiente que de la realidad de la faena, la institución pierde credibilidad. El presidente no está para premiar estados de ánimo colectivos. Está para valorar méritos objetivos.
Y si la presidencia pierde autoridad, la plaza pierde prestigio.
Pero el problema no termina ahí.
La presentación del toro constituye otro de los aspectos que más inquietud generan entre los aficionados. La Maestranza siempre fue una plaza donde el trapío era innegociable. Sevilla exigía un toro acorde a la categoría de una plaza de primera. Un toro que impusiera respeto antes incluso de iniciar la lidia.
Sin embargo, cada vez son más frecuentes las críticas sobre la presencia de determinados animales que saltan al ruedo. No se trata de pedir toros descomunales ni de confundir volumen con trapío. Se trata de exigir la seriedad que corresponde a una plaza de la máxima categoría.
Porque el toro es el fundamento de la Fiesta.
Sin toro íntegro, el triunfo pierde valor.
Sin toro serio, la emoción disminuye.
Sin toro con presencia, la credibilidad se resiente.
Y una plaza que renuncia a la exigencia sobre el toro está renunciando a una parte esencial de su identidad.
Otro fenómeno especialmente dañino es el creciente fanatismo que rodea a determinadas figuras del toreo.
La admiración es legítima.
La idolatría ciega es perjudicial.
El aficionado auténtico analiza, compara y juzga. El forofo justifica cualquier cosa. El aficionado exige a sus ídolos. El forofo les concede inmunidad.
En demasiadas ocasiones se observa cómo determinados toreros reciben una valoración completamente distinta a la que recibirían otros compañeros por actuaciones similares. Enganchones que se aplauden. Errores que se ignoran. Faenas irregulares elevadas a la categoría de acontecimiento histórico simplemente por el nombre de quien las firma.
Ese fenómeno no beneficia al toreo.
Al contrario.
Acaba generando una peligrosa confusión entre arte y propaganda.
La grandeza de las figuras históricas no se construyó sobre la complacencia. Se construyó sobre la capacidad de superar el juicio implacable de las aficiones más exigentes.
Por eso preocupa que cualquier opinión crítica sea recibida hoy como una ofensa o una traición. Discrepar no es atacar el toreo. Discrepar es ejercer el derecho —y casi la obligación— de pensar con libertad.
La Fiesta necesita aficionados críticos, no creyentes.
Necesita análisis, no consignas.
Necesita verdad, no campañas permanentes de exaltación.
La pérdida de autoridad moral de la Maestranza tendría consecuencias mucho más graves que una simple polémica pasajera. Porque el aficionado puede aceptar un error aislado. Lo que no acepta es una tendencia continuada.
Cuando el público percibe que el rigor desaparece, deja de confiar.
Cuando deja de confiar, deja de ilusionarse.
Y cuando desaparece la ilusión, los tendidos comienzan a vaciarse.
La crisis de asistencia que sufren muchas plazas no puede explicarse únicamente por razones económicas o sociales. También existe un desencanto creciente de una parte importante de la afición que siente que la autenticidad del espectáculo está siendo sustituida por la complacencia.
Sevilla debería reflexionar seriamente sobre ello.
La Maestranza no necesita parecer moderna ni popular. No necesita competir por quién concede más triunfos. No necesita sumarse a la corriente de la facilidad.
Necesita volver a ser Sevilla.
La plaza donde las orejas tenían un valor extraordinario porque costaba muchísimo conseguirlas.
La plaza donde el toro imponía respeto.
La plaza donde el criterio estaba por encima de la moda.
La plaza donde la verdad era más importante que el aplauso.
Porque cuando una institución centenaria renuncia a aquello que la hizo grande, comienza inevitablemente su decadencia.
Y la tauromaquia no puede permitirse perder la referencia moral que durante generaciones representó la Real Maestranza de Sevilla.
Defender la exigencia no es ir contra nadie.
Defender la exigencia es defender el prestigio de Sevilla.
Defender la exigencia es defender la integridad del toro.
Defender la exigencia es defender el futuro de la Fiesta.
Ismael Rodríguez: Aficionado e Informador Taurino.















