Una oreja por una estocada a Dávila Miura en la deslucida miurada del cierre

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Pamplona hecho el cierre a los San Fermines con el “Pobre de mi”

El diestro Eduardo Dávila Miura cortó, gracias a una soberbia estocada, la última oreja de los Sanfermines de 2016, justo al segundo toro de la deslucida corrida del hierro de su familia que se lidió el día del “Pobre de mí”.

FICHA DEL FESTEJO

Seis toros de Miura, que arrojaron en la báscula una media de más de 600 kilos. En cuanto a físico, fueron aparatosos de pitones, altos, largos y vareados de carnes. Pero a la mayoría de los ejemplares les faltaron raza y/o fuerzas en su deslucido juego, salvo al manejable quinto y al áspero y complicado sexto.

Rafaelillo, de añil y oro: estocada contraria atravesada (ovación); estocada caída (vuelta al ruedo tras petición).

Dávila Miura, de azul marino y oro: estocada (oreja); pinchazo, pinchazo hondo y descabello (ovación).

Javier Castaño, de nazareno y oro, que sustituía a Manuel Escribano: estocada y descabello (vuelta al ruedo tras petición de oreja y aviso); estocada tendida atravesada y descabello (silencio).

Entre las cuadrillas, destacaron Joselito Rus, en la brega, y Fernando Sánchez, que saludó tras banderillear al sexto.

Décimo y último festejo de la feria de San Fermín, con lleno total en los tendidos en tarde fresca y con algunas rachas de viento.

SÓLO LA LEYENDA

Si la mayoría de los toros que se lidiaron hoy en Pamplona no hubieran llevado marcado en el cuadril derecho el hierro de Miura se les hubiera calificado de blandos, inválidos, comerciales y demás adjetivos que suelen usarse para definir a las reses que se alejan del comportamiento esperado de las reses bravas.

Alguno de los cuatro primeros que salieron al ruedo pamplonés pudo incluso haber sido devuelto a los corrales, tal que el tercero, que dobló las manos ya de salida e incluso se derrumbó en alguna ocasión sobre la arena.

Muy alejados de la leyenda de dureza y terror de su divisa, esos cuatro voluminosos ejemplares apenas pusieron en apuros a la terna de matadores, que hizo todo lo posible por sostenerlos en pie o alargar un tanto más sus cortas arrancadas para remontar tan deslucido comportamiento.

Rafaelillo buscó apoyar sus faenas en la escenografía de una épica improbable, lidiando a su lote con un juego de piernas de esgrimista para sortear, más que prolongar, sus escasas e insulsas embestidas.

Y con el cuarto tiró también de efectismo echando las dos rodillas en tierra con un toro que acabó soltando violentos cabezazos ante la que, para el de Miura, fue molesta insistencia del murciano.

Javier Castaño, que sustituía al convaleciente Manuel Escribano, evitó con mimo que el segundo no se cayera más de lo que lo hizo, y aún consiguió ligarle series cortas de cortos muletazos que fueron lo máximo en cantidad y recorrido que se pudo sacar del endeble torancón.

Esos aciertos técnicos, con los que no pudo domeñar, en cambio, la áspera y aviesa violencia del sexto, fueron los que le valieron para dar una vuelta al ruedo a un torero que tras superar un cáncer testicular se ha aplicado la “terapia” de matar sendas corridas de Miura en Sevilla, Madrid y Pamplona…

La única oreja de tan desairada tarde fue para Dávila Miura, el sobrino de los ganaderos, que, como ya hizo en Sevilla el pasado año, reapareció por una tarde para celebrar una de las efemérides de la divisa: en este caso, la corrida número cincuenta que el hierro lidiaba en Pamplona.

Retirado desde 2006, el sevillano mató a su lote con dignidad y una soltura que aún no ha perdido a pesar de la inactividad. Es cierto que le faltó algo de pulso para templar al noble pero endeble primero, pero tuvo la entereza de tirarlo a tierra con una estocada de bella y limpia ejecución que, como en tiempos ya lejanos de la tauromaquia, por sí sola valió el trofeo.

Muleta en mano tuvo más importancia su labor con el quinto, el toro de más fortaleza y duración de la corrida, pues, aun sin clase y colándose varias veces por el pitón derecho, embistió con nobleza por el izquierdo.

Fue por ese lado por el que Dávila le ligó varias series de naturales estimables que no tuvieron recompensa, al contrario que antes, por sus fallos con la espada, justo cuando las peñas empezaban a calentar las gargantas para entonar el “Pobre de mí”, el adiós ritual a las báquicas fiestas sanfermineras.

Paco Aguado, Agencia EFE

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