Festival lleno de Arte, Temple, Sentimiento y Torería en Cinco Villas

Según se vea, un festival trae la alegría taurina a plenitud y la confirmación de nuestros votos taurinos.
Lo anterior, ni más ni menos, es lo que se vive en la apertura de un cortijo bien nombrado –grábenselo desde ahora- “Cinco Villas”, tal como la localidad aragonesa motivo de la devoción de los anfitriones, la familia Marco Domínguez.
Los esposos Lucero Domínguez y Luis Marco Sirvent, sus hijos, son los anfitriones de casi un millar de taurinos a quienes tratan, a todos y cada uno, como invitados. Es el marco ideal e incomparable. Una instalación taurinamente completísima, adornada entre rojos claveles y macetillas con violetas imperiales igualmente en encarnados tonos.
El día se apropia para sí de la gris aurora.
Tanto que para la misa, que cierra con la “Salve Rociera” estremeciendo e implorando la gracia plena para el porvenir del nuevo lugar, la niebla no abandona el celaje que cárdeno contrasta con el áureo albero sevillano y los rojos tableros.

Manolo Sánchez, Javier Conde, Eduardo Gallo, Fermín Rivera, Juan Pablo Sánchez y Sergio Flores con toros de “Carranco”, “Torreón de Cañas”, “Los Cués”, “José Garfias”, “Arroyo Zarco” y “Rancho Seco”.

Los anfitriones homenajean a los diestros, la entrada en el Cortijo aplaude a los cuatro espadas y por supuesto a quienes brindan su casa para tal ocasión.
Impresionante por su orden y causa torera, incluso con magnificencia en su remate: las mesas elegantemente adornadas en todos granas y gualdas, además del tricolor mexicanísimo, en el salón de banquetes.
De mesa a mesa, con sus centros de rosas rojas, se reciben una comida espléndida de cabo a rabo, mientras al toque, el compás flamenco se rompe en guitarras y palmeos.
Luego, el desgarro mexicano no exento de dulzura de María Elena Leal, que al igual que Caballero toreando, no solo retiene cantando porque tuvo, sino porque ambos, en lo suyo, aun lo tienen. Canta Caballero en enclavado recuerdo de otro Manuel, Califa de Córdoba, en aquella tarde de pulque y barbacoa en Pentecostés.
Ahí, “tras lomita”
Así, de Manuel a Manuel, de Pentecostés a Cinco Villas, de 1946 a 2018, setenta y dos años después, seguimos y no paramos. La Fiesta vive. De aquella “Feria de las Flores” de Manolete, al cante de Caballero que, como a la tarde, se va cantando hasta que “Y nos dieron las Diez…”
Por ello, la familia Marco brinda algo más que “las tres” respecto del toro de la amistad a los aficionados taurinos. Algo más que la mano y la merced nos brinda al abrir su casa.
En lógico autobombo, tan proclive en los taurinos, algunos sospecharían sobre la intención.
Para el que ha estado ahí no representa más que demostrar que ser taurino implica entregar todo sin esperar algo a cambio.
Eso es el arte, pura donación, solo entrega sin recuperación posible.
Y esto es la Fiesta.
Por ello, en inolvidable recuerdo, en libro de oro particular, guardaremos la primera e inolvidable página de una historia llamada “Cinco Villas”.
Y lo aseguro, será para toda la eternidad.

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